Publicado el 23/05/2025 por Administrador
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El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha reconocido públicamente que su gobierno permitió el ingreso de fondos provenientes de Qatar destinados a Hamás, el grupo islamista que controla la Franja de Gaza. Esta revelación, que ha causado un fuerte revuelo político dentro y fuera de Israel, llega meses después del devastador ataque del 7 de octubre de 2023, en el que murieron más de 1,200 personas en suelo israelí.
Según Netanyahu, la decisión de facilitar el flujo de dinero qatarí, que alcanzó montos cercanos a los 30 millones de dólares mensuales, fue adoptada en consenso por el gabinete de seguridad, con el respaldo de los servicios de inteligencia Shin Bet y Mosad. La intención, según explicó, era utilizar esos fondos como una estrategia geopolítica para dividir a Hamás de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), debilitando así al movimiento palestino desde dentro.
El mandatario, sin embargo, ha negado categóricamente que ese dinero haya sido utilizado para financiar el ataque del 7 de octubre, el más sangriento que Israel haya sufrido en su historia reciente. “El armamento utilizado fue rudimentario: fusiles AK-47, camionetas viejas. No se necesitaba una gran financiación para perpetrar ese crimen”, aseguró en conferencia de prensa.
Las declaraciones llegan en un momento crítico para Netanyahu, que enfrenta crecientes cuestionamientos por su rol en la prevención del ataque y la continuidad de su ofensiva militar en Gaza. La admisión de haber canalizado fondos hacia Hamás ha provocado duras críticas de la oposición israelí, que lo acusa de haber empoderado al grupo que hoy combate. “¿Cómo se justifica alimentar a una organización que luego golpea de esta manera brutal?”, cuestionó un diputado del partido Yesh Atid.
Más allá del debate interno, la comunidad internacional también ha reaccionado con escepticismo. Varios analistas señalan que permitir el fortalecimiento financiero de Hamás, incluso con fines tácticos, representa una jugada de alto riesgo que ahora cobra una factura política. Mientras tanto, gobiernos como el de Francia, Canadá y el Reino Unido han aumentado la presión sobre Israel para frenar los bombardeos en Gaza, que ya han dejado miles de muertos y desplazados.
Netanyahu también aprovechó la ocasión para deslindarse del escándalo conocido como “Qatargate”, que investiga si funcionarios cercanos a su entorno habrían recibido sobornos de emisarios qataríes para influir en la cobertura de medios israelíes. El primer ministro aseguró no haber recibido dinero alguno y afirmó haber colaborado con las autoridades judiciales en calidad de testigo.
La situación en Gaza continúa siendo crítica. A pesar del ingreso reciente de camiones con ayuda humanitaria, las condiciones siguen siendo dramáticas: hospitales colapsados, alimentos escasos y millones de personas atrapadas sin servicios básicos. Mientras tanto, las operaciones militares de Israel prosiguen, en lo que Netanyahu ha descrito como una “misión para erradicar al terrorismo de raíz”.
Esta nueva revelación añade un matiz inquietante al conflicto: mientras el gobierno israelí asegura combatir a Hamás con dureza, admite haberlo sostenido económicamente en años recientes por razones estratégicas. Un dilema que expone la complejidad y las contradicciones de una guerra marcada por décadas de desconfianza, violencia y fracasos diplomáticos.